Como me parecía ridículo el termino «responsabilidad afectiva», creía yo que cada individuo debía ser responsable de sus sentimientos y que culpar a otros de su falta de tacto es el verdadero acto irresponsable, pero me temo que estaba equivocada

El año pasado estaba recogiendo mis pedazos de lo que fue mi última relacion amorosa; en la peda y en el amor, no me voy hasta quedar hecha mierda. Estaba en una etapa extremo sensible de mi vida de la que solo quedan recuerdos, muy vulnerable. No entendía un simple «ya no más» de mi pareja y lo tomé como un reto hasta cansarme.

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Como no conozco la vergüenza, hacia de todo para escapar de aquellos sentimientos; no me cansaba del exceso, de la fiesta, de la bebida, de la compañía. A veces extraño la vida bohemia… En fin, poco a poco la imagen de mi ser amado iba quedando atrás. Apliqué el cero contacto que tanto detesto pero es lo más efectivo que he probado, no lo busque más, tal y como él me lo pidió.

Cierto día amanecí diferente, con comezón y decidí invitar a un amigo a comer a mi casa cuyo miembro era del tamaño de un control de televisión vieja, menciono esto porque así fue la foto que me envió para ver si pasaba la prueba, recuerdo haber ido a casa de mi abuela que tenía una televisión similar y al ver el control me puso feliz.

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Solia invitar a muchos hombres a mi casa porque prefiero la compañía masculina sobre la femenina. Esperaba en algún momento conocer a alguien más que me separara de mi gran apego, entre más hombres conociera, más se diluira mi memoria. Dios invento a los hombres, no para que poblaran la tierra ni trabajarán el campo, los hizo para que yo los conociera a todos y así poder sacar a aquel de mi cabeza.

El modo siempre era el mismo, una vez seleccionada mi víctima, digo, mi invitado, me dispongo a vestirme con las ropas más ajustadas y provocativas que tengo. Si mi invitado me gusta mucho, ni ropa interior me pongo; cabello, perfume, crema aromática… Todo listo… Abrí la puerta, le sonrei y por su reacción me di cuenta que le gustó cómo me veía; me prepara un trago, platicamos, otro trago, un chiste y luego otro trago, un porro y luego otro trago… Sube mi vestido, no hay ropa interior.

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Debo mencionar que no siento nada cuando estoy adormecida por el alcohol, pero la imagen de verlo arrodillado frente a mi probando mis adentros me parecía demasiado placentera, me dejé llevar, este hombre sabe hacer su trabajo y pareciera que en cada gemido invoque a alguien porque entonces Sonó mi teléfono. Era él. Y sí, contesté:

-Hola – Sí, si me quiero casar contigo pensé.
-Te llamo porque te extraño, escuché esta canción (procede a poner la canción más triste y manipuladora del mundo) y se pone a cantar.

¡2 horas!, 2 horas me avente hablando por teléfono en diálogos insuperables y tortuosos de 2 borrachos que se corretean la cola como perros. Olvide totalmente que entre mis piernas estaba mi invitado, se me quitaron las ganas de todo, incluso de seguir respirando.

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Agradecí las atenciones de mi invitado, y le pedí se fuera una vez que colgué el teléfono, demasiadas emociones a este cuerpo y cai dormida.

Al otro día a primera hora fui a buscarlo, era su cumpleaños, olvide mencionar que por eso invite a otro hombre a mi casa. Compré un pastelito y velas en un Oxxo, no recuerdo si me bañé o aún traía saliva del invitado.

Llegué a su casa y marqué a su teléfono:

– Estoy a fuera, sal
– No voy a salir
– ¿No saldrás? – pregunté una vez más.
-No, olvida lo que hablamos, estaba muy ebrio, ja.

Sin que el taxi apagara el motor, me regresó donde me recogió, apenado ni siquiera volteo a verme en todo el camino,  dios bendiga los cobros con tarjeta y así evitar la bochornosa necesidad de cruzar miradas al pagar.

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