Terminando el 2019  decidí internarme en una clínica de rehabilitación, luego luego en enero del 2020, chingue su madre

Ahorré para entrar a un lugar chido, con alberca, con masajes, con comida buffet, no mames era un hotel, hasta me tuve que mamar el yoga que tanto me caga. Era una estancia de 28 días. Salí bien motivado, con un chingo de propósitos, con un chingo de metas para encontrarme con que comenzaba la puta pandemia, para encontrarme con que perdí mi empleo pues quedé esperando mi contrato, para perder mi relación con esa mujer casada. De nuevo me torné indisciplinado.

En  2020 tenía un chingo de metas, creía que después de haber estado en esa clínica todo sería diferente, que en verdad iba a dejar por completo el alcohol. Pendejamente hasta estaba planeando irme a vivir a Irlanda, pues mi contrato no llegaba. Pendejo, si ni siquiera se inglés y no tenía dinero para solventar ese gasto. Guardaba profundamente la esperanza  que me hablaran de mi empleo, pues cada año comenzaba a trabajar hasta marzo, hasta ese mes me daban contrato. Sin embargo pasó marzo, abril, mayo, y con eso que empezó la pandemia, las cosas se tornaron turbulentas. Como que no me cuadraba nada.

Me estaba desesperando, pues estaba viviendo en Guanajuato en  casa de mis papas, que después de muchos años regresaron como pareja.  Vivía con todas las comodidades, con los maravillosos platillos que hace mi madre, con el amor de mis padres ausentes en la adolescencia.

Paulatinamente perdía disciplina. Estaba a toda madre sin trabajar, durmiéndome tarde, despertándome  tarde, pero en el fondo me estaba intolerando. Sólo estaba esperando a que terminara la pandemia para regresarme a la Ciudad de México, a encontrarme un trabajo más cabrón que el que tenía, a ganar más dinero del que estaba percibiendo.

Me fui una temporada  a  Ciudad de México para trabajar en Uber Eats, y un sábado por la noche decidí consumir alcohol de nuevo. Me dolió tanto ir al OXXO como antes lo acostumbraba, con esa emoción mal sana de saber que vendría esa euforia anestesiante, de tener que comprar esa anforita de ron barato, un six de cervezas, llegar a mi casa y beber sabiendo que estaba mal para sentir esa emoción,  esa culpa, esa sensación de bienestar, para volverme a sentirme joven de nuevo, ese momento donde el baile, la música y realidad en su conjunto son brillantes; necesitaba sentir esa euforia, ese clímax, pero me derrumbé  seguido de un vomito incesante,  mi organismo estaba limpio, no soportó esa cantidad tan minúscula de alcohol, siendo que antes eso sólo era el precopeo.

Duré por ahí de siete meses limpio. En mi cumpleaños volví a beber. No lo hacía seguido, lo hacía esporádicamente. Al ver que tenía cierto control con esa forma de beber, creí que podía hacerlo de nuevo. Incluso no tenía lagunas mentales, las crudas eran soportables. Sin embargo reparé que mis planes no se cumplían, estaba como en un hoyo del que no podía salir. Entonces tomé la decisión de regresarme con mis padres a Guanajuato. Es cierto que me mantenía sobrio en casa de ellos, era como un lugar sagrado, un sitio de contención que me mantenía lejos de la bebida. No sé por qué, si por la pena a que me vieran ebrio, o porque no tenía realmente algo que me agobiara. Tenía la vida de un niño consentido a mis 36 años de edad.

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